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Paul Westhein, dedicado con ahínco al estudio de la Arqueología, después de admirar el imponente y majestuoso Calendario del Museo Nacional, detiénese con infantil alegría – que no podía ser de otro modo – a hacer un lento recorrido y a pasar la vista por los veinte ideogramas ¡la veintena lunar!, afloran todos, inscritos en relieve, prisioneros por la mano maestra de Axayácatl, el sabio rey de los mexihcas, que el año III ácatl, 1479, signo superior del monolito, dio forma a las hondas meditaciones de la raza.

En efecto, ahí están juntos, siguiéndose en el primer anillo circular que rodea al sol: cipactli, ehécatl, calli, cuetzpalli, cáatl, miquztli, mázatl, tochtli, atl…olín,técpatl, quiáhuitl y xóchitl, los veinte signos que agregados necesariamente de una cifra en turno (de 1 a 13), expresan una fórmula diurna: el día. Y asombra, asimismo, no sólo ese ordenamiento que habla muy alto de la espiritualidad, vínculo eterno de las cosas, sino el porque de la asociación final de “ollín, movimiento” ; “técpatl, pedernal” ; “quiáhuitl, lluvia” y “xóchitl, flor”. He ahí dijéramos, la inspiración realista, el sazonado fruto de las cotidianas observaciones de aquellos hombres que, como hoy desde el principio de los tiempos, no han podido olvidar que vale la pena vivir en un mundo que carece de finalidad y de sentido.

Ollín, movimiento, el 17º signo del – Tonalámatl - “tonalli”, día; ámatl,papel- está representado por “la rosa de los vientos”: al centro, luz y sombra, el día y la noche. En el vértice superior el orto helíaco que ilumina al mundo.

En contraposición, la sombra, el ocaso; dando la espalda al sol, a la derecha es el norte- dice el campesino.

Lo sabe y lo experimenta el indigena que deambula en la selva impenetrable. En esa postura de quietud y esperanza, el brazo izquierdo extendido señala al sur.

Norte y Sur marcados con suma belleza y elegancia en el signo que habla de orientación y de progreso. Entre el vértice superior y el Norte, el Nordeste (N.E.), inferior, el Noroeste. Ahí también, en áreo realce, formando unidad: S.E. y S. O. En todos se adivina el azimut en los cuerpos de las pirámides legendarias. El signo que sigue, técpatl, símbolo de la luz y del talento, expresión de firmeza y grecas admirables en la roca. Le vemos figurar bífida del astro. No en vano, en la parte inferior del grandioso monumento, se encaran el sol y Venus. En los penachos lucientes respectivos, 8 y 5 gruesos puntos: 8 X 365 = 5 X 584

He ahí la voluta de humo entre ambos en señal de gran enojo.

En seguida, Quiáhuitl, la lluvia. Los ojos escrutadores no se apartan de las fases del satélite. Flora y Fauna enseñan.

La lluvia torrencial, representada por el líquido que se desborda de las altas construcciones imaginarias ( papiros indios) y por fin, la flor, remate de la última veintena.

La rosa de los vientos Ollín, como un tallo en constante renovación, se apropia de los puntos que la convierten en fecha histórica en el frontispicio de la obra, o en la columna de granito. ¡Con qué satisfacción acompañan al signo Ollín las siglas del Ilustre Colegio Nacional de Ingenieros de México.

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